El pasado 8 de abril tuvo lugar en el Reina Sofía un encuentro técnico acerca del uso de resinas de bajo peso molecular para la elaboración de barnices. René de la Rie se erigió como protagonista inicial al que le siguieron profesionales del Centro de Restauración de Bienes Muebles de Cataluña, que contaron a la concurrencia sus experiencias prácticas.
La jornada trascurrió tranquila. Sin embargo, durante el foro abierto como complemento final del encuentro se mantuvo un encendido debate entre los que preconizaban los favores de las resinas naturales más tradicionales –en especial los restauradores del Prado– y los que defendían la necesidad de actualizar los procesos de barnizado recurriendo al empleo de las resinas sintéticas. Finalmente, y antes de que la sangre llegara al río, Benoit de Tapol, que ejercía como moderador, se mostró como eficiente extintor dialéctico.
El caso es que este hecho puntual volvía a convertirse en un importante foco de controversia que merece, al menos, una mínima reseña reflexiva.
Creo que nos encontramos ante un tema bastante complejo. Es cierto que las últimas investigaciones con resinas sintéticas de bajo peso molecular para la confección de barnices han ofrecido óptimos resultados, de modo que se convierten en potenciales sustitutos de los productos tradicionales. Parece una explicación razonable; pero también lo es la argumentación que defiende el uso de los barnices de almáciga o dammar por el profuso conocimiento que se tiene de su comportamiento frente al envejecimiento y su fácil reversibilidad. Esto es, más vale malo conocido que bueno por conocer.
Existe un término medio en el que caben las reticencias de unos y las confianzas de otros. Pararse no es bueno, pero tampoco marchar a pasos agigantados.
Dicho lo cual, quisiera exponer mi caso particular. Tal vez se entienda que estoy rompiendo una lanza a favor de las prácticas del Prado, basadas en un firme conservadurismo. No es mi intención, pero cada cual que lo interprete a su placer.
Hace más de dos lustros, cuando realmente empecé a intervenir en obras de significativa importancia, la resina cetónica parecía haber relegado al olvido a todas las que le precedieron: era la solución definitiva. De hecho, el Laropal K-80 se empleaba, además de para hacer barnices, para otros menesteres como la fabricación de Beva 371, que incluía las policiclohexanonas en su composición. Ahora, parece estar obsoleta; ya no es tan estable ni decisiva. Si a ello sumamos los problemas de suministro, la cuestión se complica aún más.
Hoy están en boga las resinas de urea-aldehído (Laropal A-81) y las de hidrocarburos hidrogenados (Regalrez 1094). Ya veremos en veinte o treinta años qué es lo que pasa. No me gusta ser alarmista pero, con esto de la reforma laboral y el aumento de la edad de jubilación, todavía estaré trabajando y tendré que apechugar con las críticas que nos lluevan por parte de las nuevas generaciones acerca de lo que hacemos ahora.
Pero lo mismo ocurrió con los procesos de limpieza. Es sorprendente lo que hemos avanzado en pocos años. Pero lo que más me sorprende es que de vez en vez, aunque sólo sean en pequeñas matizaciones, estos nuevos métodos se ajustan un tanto. En treinta años, las pequeñas correcciones habrán significado otro cambio radical: de nuevo, lo de hoy quedará antiguo.
Las tablas del IRPA también se nos presentaron categóricamente decisivas. Y cuando conocimos el Vulpex nos pareció la bomba (y así fue, no nos equivocábamos, era toda una bomba); y la mezcla DIDAX; y los baturrillos 2A, 3A, 4A; y los geles de TEA… ¿y mañana, qué nos parecerá lo de hoy?
En el Prado, al menos, saben que los barnices de almáciga los eliminarán fácilmente en un futuro con una simple mezcla de un disolvente alifático con etanol. Yo, en cambio, no sé cómo eliminará quien me suceda el barniz cetónico que apliqué hace diez años.
T.C.